Moog en el Apolo junto a Wire
El maravilloso Primavera Sound es probablemente, y por méritos
propios, la cita más ineludible de todo el calendario nacional
de festivales para el buen melómano (de tendencias indies,
claro). Sin embargo, en ocasiones, su increíble cartel
en todos los escenarios puede llegar a suponer un problema al
poner en una comprometida situación al aficionado concienciado.
El ejemplo más lacerante que el alcohol ingerido y yo que
sé que sustancias más me permiten recordar es el
que se produjo el sábado 24 de mayo aproximadamente a las
23:00. La (mala) suerte, la casualidad, o lo que fuera hizo coincidir
a The Soledad Brothers, Sonic Youth y Wire!!!!! Increíble
sacrificio tener que elegir a uno de esos tres grupos sacrificando
a 2 (mi teoría dice que es mejor ver un concierto entero
que dos mitades) Aunque quizá erré descartándolos
por circunstancias que no vienen al caso, cuando conocí
la noticia de su concierto en la sala Apolo de Barcelona el 3
de octubre, el regocijo fue doble.
Basando su repertorio en su último ep, el doble Read &
Burn, el concierto fue sencillamente brutal. Con una oscuridad
casi total, una caja de ritmos desbocada tan maquinal como alienada
y las chirriantes guitarras que más bien parecían
taladros aununciando '99.9', comenzó el infierno-paraíso
sonoro. Según las crónicas de la época, Wire
no era un grupo que hiciese buenos shows: "Una especie de
caos en directo" ('Melody Maker'); "Lo que sabemos seguro
es que Wire no es un grupo de directo" ('Sounds'). Sin embargo,
el problema fue que adelantaron con su propuesta a gran parte
de la crítica de su época, que ya había quedado
descolocada con el salto de Pink Flag a Chairs Missing.
Conforme el concierto avanzaba, el técnico de sonido fue
cogiendo el puntillo al regurgitar eléctrico de la bestia,
y consiguió que la experiencia fuese aun más disfrutable.
"Spent" sonó como Big black muy cabreados. Colin
Newman, voz principal y guitarra, estaba poseído. Jamás
en mi vida había visto tanta entrega de alguien sobre un
escenario. Bruce Gilbert, guitarra, se mantuvo de espaldas al
público en una pose pétrea, como contrapunto, durante
casi todo el concierto, en la que el único movimiento era
el de su mano sobre el mástil (y sólo de vez en
cuando). ¿Quien diría al ver a ese cincuentón
con pinta de turista despistado que protagonizó la anécdota
hooligan del sonar 97? Cuenta la leyenda que tras su actuación,
el caballero agarró un castañazo de primera, y fruto
del acaloramiento etílico se decidió a emprenderla
a hostias con unos marineros, quienes, aparte de hacerle una operación
de cirugía estética gratis en la cara, lo dejaron
desorientado y sin cartera en pleno barrio chino. Quizá
nadie, al igual que nadie lo dudaría tras ver el concierto
de aquella noche.
Wire… gracias por volver.